¿Por qué es esencial el discipulado en nuestra vida cristiana? – Relación no Religión
Para mucha gente, tratar de cumplir con un conjunto de normas y reglas de una religión puede resultar bastante más fácil que desarrollar una relación personal. Después de todo, las normas y reglas son fijas y estables mientras que una relación es bastante menos predecible o susceptible de control. Las reglas y normas nos indican una forma de “cumplir” y por tanto como merecer el favor, mientras que la relación es pura gracia. Las reglas y normas dan el sentido de poder, logro y suficiencia; en una relación somos vulnerables. En la época de Jesús a los fariseos les gustaban las reglas y estas les hicieron sentirse satisfechos de ellos mismos pues las seguían rigurosamente. En una relación con Jesucristo, nos podemos sentir satisfechos pero sólo porque El nos ha llamado –por nuestro nombre- para seguirle. De todas formas muchas religiones se basan en el cumplimiento de leyes y la gente se esfuerza mucho en obedecerlas, pero el verdadero Dios, no tiene ninguna intención de que sus seguidores resuelvan sus asuntos así. ¡Dios desea una relación personal contigo!
Para facilitar esta relación, el Espíritu Santo reside en nosotros; está activo en nuestras vidas. Sabe perfectamente que camino debemos tomar y quiere guiarnos. El tipo de obediencia que busca Dios no es seguir leyes, normas y reglas; el tipo de obediencia que busca Dios es hacer su voluntad!
Una buena forma de identificar este tipo de relación espiritual con Dios es mantener dos relaciones de discipulado:
- La primera es con el mentor espiritual que nos aconseja, que nos ayuda a ver nuestros asuntos desde fuera sin el filtro de nuestras emociones, que nos guía en la comprensión de las escrituras y que ha experimentado en su vida muchas de las cosas por las que pasamos. A esa persona la definimos como confidente, nuestro intercesor, amigo(a); es quien nos ayuda a sacar lo mejor de nosotros mismos en nuestro caminar cristiano aunque muchas veces no nos diga lo que queremos oír.
- La segunda es nuestro hijo o hija espiritual a quien ayudamos a crecer en el Señor. No sólo estamos llamados a compartir el evangelio con otros y guiarles hacia Cristo sino que también estamos llamados a ayudarles a crecer. Esto exige paciencia, compromiso y una relación estrecha de nuestra parte. No es necesario ser un experto, y nadie es digno de ello. Hacer discípulos es un privilegio que debemos aceptar con humildad y dependencia de Dios y no significa que tienes que ser perfectamente maduro espiritualmente; simplemente significa que estas dispuesto a enseñar a alguien lo que tu ya has aprendido como discípulo.
¡Considera bien! Si no puedes decir que tienes estas dos relaciones estas perdiendo algo precioso.
Busca, persigue, haz intención y no desistas hasta que conectes con un mentor y un discípulo. No busques llenar tu vida de “reglas y leyes” sino aprende a ser vulnerable con otros para crecer siendo vulnerable con Dios. Esto no es ley, no es norma, es gracia.
Por Isabel Gil






