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Dale al botón de pausa

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pausaLa oración (gracias a Dios) no funciona como una moneda de cambio, yo compro, yo obtengo. Es más, ni siquiera funciona de manera acumulativa, en la que cuantas más oraciones realice, la respuesta será mayor. Está claro que en los designios de lo divino no hay una fórmula para obtener lo que tanto deseamos, y es que muchas veces, no tenemos la menor idea de cómo pedir, porque seguramente lo hacemos de una manera egoísta.

Generalmente las oraciones que realizamos tienen carácter de urgencia; para que Dios nos saque del hoyo en el que estamos metidos, o porque no soportamos ni un segundo más las circunstancias que estamos viviendo. Por eso la oración no es una moneda de cambio, por eso Dios no responde mejor en función de cuántas hayan sido las oraciones realizadas. Se trata más bien de una cuestión de calidad y no de cantidad de tiempo, y sobretodo de ser muy conscientes de aquello que realmente necesitamos para nuestras vidas y sintonizar con la voluntad de Dios, no de las cosas que queremos a toda costa, porque a veces lo que queremos no suele coincidir con lo que necesitamos.

 

Sé que es una situación difícil la de no saber porqué a veces Dios no contesta las oraciones, ¿habrá que esperar al momento adecuado?, ¿será lo que Dios quiere para mi vida?, ¿habré tenido suficiente fe?, puede que básicamente la razón sea que pedimos mal; porque en el fondo las motivaciones en ocasiones son egoístamente devastadoras. Nuestra generación quiere cambios y los quiere rápidamente, vivimos en la era de la comida rápida, los mensajes instantáneos... lejos han quedado los días del revelado de fotos que tardaba una semana, ahora (¡con un poco de suerte!) puedes hacer una foto y tenerla en tus manos en unos segundos, o enviarla a todos tus colegas por las redes sociales. Todo es instantáneo y rápido para una generación cada vez más hedonista y a la que no le gusta esperar. Esto me lleva a una conclusión: a lo mejor el problema radica más bien en que, en el fondo, hemos hecho una declaración de principios (quizás silenciosa y en el subconsciente), de que no necesitamos a Dios para todo, sólo para que rápidamente nos solucione ciertas situaciones en las que nos hemos metido, y en las que no conocemos el camino de vuelta, o la salida más cercana; pero para el resto de las cosas nos las apañamos solitos.

Como decía antes, en la era de la rapidez y de lo instantáneo, la tendencia a ir tan deprisa no nos deja tiempo para apretar el botón de pausa de la vida y pensar. Y aunque me encanten las nuevas tecnologías y las use a diario, tengo que reconocer que para la oración no existen mensajes cortos ni respuestas rápidas y satisfactorias. Quizá es el único lugar donde el tiempo se detiene, quizá es el paraíso de la tranquilidad. Y para llegar ahí hace falta tiempo, es necesario apartarse y reflexionar. La oración no es un mecanismo instantáneo, frío y que ejecuta mis exigencias, por encima de todo es la manera en la que nos comunicamos con Dios. ¿No dedicamos tiempo a nuestras amistades?, ¿Tenemos alguna prisa cuando estamos con las personas que nos hacen sentir a gusto? Probablemente sea hora de parar el reloj de la prisa y dejar de demandar respuestas a Dios.

Por lo tanto me animo y te animo a apretar el botón de pausa y tener la conversación más importante del día. Pasemos de la petición urgente a la conversación contínua.

Por Aitor de la Cámara