“El que no ama, no ha conocido a Dios” (1 Juan 4.8)
El hombre que pronuncia estas palabras se llamaba Juan.
Juan fue uno de los doce discípulos de Jesús que durante tres años permaneció muy cerca de él. En aquella época era común que los discípulos siguiesen a sus maestros a todos lados, que observasen cada uno de sus movimientos minuciosamente y escuchasen sus palabras con atención. Cada pupilo anhelaba ser un reflejo de su maestro y para ello se esforzaba en aprender sus enseñanzas, no solo escuchando sus palabras, sino viéndolas encarnadas en la vida de sus maestros. Eran capaces de dormir a la intemperie, a las puertas de las casas donde sus mentores descansaban, o de enfrentarse a otros discípulos a fin de sentarse a su lado en la mesa. Pero Juan fue más lejos que todos los demás, no en vano Jesús le apodó “el hijo del trueno” cuando le conocio1, pero llegaría a ser conocido de generación en generación como el discípulo que Jesús amaba2.
Juan era instintivo, incluso en una ocasión sugirió a Jesús que hiciese descender fuego del cielo para quemar a unos hombres que les estorbaban el paso3. Como joven criado en un pueblo de pescadores mal hablados, muy pocos confiaban que llegase a brotar algo digno de admiración de ese muchacho imprudente. Sin embargo, Jesús vio en la imprudencia de Juan la esencia de un corazón pasional que sería capaz de amar con la misma intensidad que el corazón de Dios ama.
El evangelio describe a Juan recostado sobre el pecho de Jesús4, en una imagen llena de intimidad y confianza. El hijo del trueno mansamente recostado sobre el pecho del Hijo de Dios. A esa distancia es fácil percibir el olor que desprende la piel de la otra persona, sentir el aire llenando sus pulmones mientras respira, pero sobre todo, a esa distancia, es posible escuchar el latido de su corazón, palpitando, bombeando vida. Juan conoce el latido del corazón de su maestro, sabe cuál es su sonido, su ritmo y su vibración, porque ha recostado su cabeza sobre la parte más intima de su ser. Y lo describió con una palabra. Una palabra realmente pequeña, de tan solo cuatro letras, pero capaz de describir la naturaleza de Dios. Juan describió el latido del corazón de Jesús y dijo que era amor. Dios bombea amor. Dios es amor5.
Sin embargo, el discípulo que descubrió la naturaleza del corazón de Dios de esa forma tan intima, fue también el único que estuvo a los pies de la cruz cuando ese corazón dejó de latir6. El silencio debió ser ensordecedor para aquel acostumbrado a escuchar el palpitar del amor de Dios. Juan estuvo recostado sobre el pecho de Jesús cuando todo iba bien, pero también estuvo recostado a los pies de la cruz cuando el corazón de su maestro fue atravesado por amor a toda la humanidad7.
De esta forma, Juan llegó a ser el discípulo que Jesús amaba, y ese amor transformó al hijo del trueno en alguien capaz de amar hasta la última consecuencia. Porque llegó a comprender que amar es darse a la otra persona, recostado sobre su pecho en los momentos en los que todo va bien, como recostado a los pies de la cruz en los momentos más oscuros. Porque amar es estar ahí, dándose a la otra persona, compartiendo la intimidad, pero también el sufrimiento.
Para pensar
¿Mi amor es capaz de llegar hasta la cruz?
Notas
1 Marcos 3:172 Juan 21:20
3 Lucas 9:51-56
4 Juan 13:23
5 1 Juan 4:8
6 Juan 19:26
7 Juan 19:31-37
Por Itiel Arroyo






