Lágrimas de fuego PDF Imprimir E-Mail

Y comenzamos a orar...

Todos juntos, todos a la vez.

Como en una reunión de oración cualquiera, como un día más, la iglesia levantaba, unida, su clamor a los cielos, sus ruegos, sus gracias y sus alabanzas.

Como siempre, igual que siempre... pero diferente

Mientras orábamos algo dentro de mí me hizo levantar mi cabeza... y abrir mis ojos, mientras que oía una voz susurrar... "mira", y vi.

 

Vi la estancia en llamas.

 

Las llamas salían de todas partes, caían por las ventanas y las rendijas de las puertas y paredes, y se deslizaban hasta el suelo, como fuego liquido, como una marea roja y amarilla de danzarinas lenguas de fuego.

Fluía desde el techo, y como un líquido viscoso se extendía por el suelo y lo cubría, lo inundaba, lo quemaba.

 

Era fuego.

 

Llamas multicolores que penetraban en las personas que oraban, y al hacerlo, algo cambiaba.

Unos cantaban, otros bailaban, otros reían, y otros lloraban... nadie quedaba inmune después de que el fuego le tocase.

 

Y las llamas crecían, y bailaban al son de las voces, felices. Aquel fuego estaba vivo, e insuflaba vida a las personas... Y las llamas crecían, bailando y brillando, como oro liquido.

 

Pero de nuevo algo dentro de mí me hablo, ¿fue el fuego? Yo creo que sí. Me susurro de nuevo, "mira", y vi.

 

Allí, en la esquina.

Alguien lloraba.

El fuego le rodeaba, pero no le tocaba.

 Y lloraba, lagrimas de dolor, lagrimas de angustia... de miedo y tristeza.

Escondía su cara entre sus manos, y a través de sus dedos se escurrían sus lágrimas, tan pesadas como si fuesen de plomo, hasta el suelo. Lágrimas que apagaban al fuego que trataba de acercársele y tocarle. Seguía llorando, y mientras que lo hacía, una sombra se apoderaba de su interior, e iba creciendo, cada vez más, en su corazón.

 

Y el fuego trataba de tocarle, de entrar en su interior y echar fuera la sombra... pero era inútil.

De pronto todos los intentos de las llamas cesaron... ¿se había rendido?

 

Pero de nuevo lo oí, "mira", y volví a ver.

Vi a alguien que se acercaba.

Alguien, que lleno de fuego, abrazaba y lloraba junto con la persona que estaba sola.

 

Y poco a poco, cada vez más personas se iban uniendo a los llantos, antes solitarios, hasta que no quedo nadie que no llorase junto con ella. Y el fuego se hacía cada vez más intenso, hasta que la sombra comenzado a temblar... y desapareció.

 

Y la iglesia, aquella tarde ardió.

 

Esteban Sanz