Su Aliento.

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Una historia; por Rebeca Byler
Basada en Génesis 1

El Creador se reservó su trabajo más importante para el final. Cuando ya todo estaba hecho, se permitió dedicarse a él. Lo consideraba Su Creación, muy por encima de todo lo demás.  Siempre les había tenido en mente. Siempre. Así que cuando por fin llegó el momento, moldeó su cuerpo con precisión, como todo lo que Él hacía.

El cuerpo era perfecto.

Lo contempló con fascinación.

Hecho a su propia imagen. Una sonrisa tierna se dibujó en su rostro. Por fin.

Pero aún estaba inerte.

Y entonces, le hizo el regalo más valioso. Lo había reservado para él. Para nadie más.

Su aliento.
Sopló.

Viento.  Dios Espíritu.

El aliento divino rozó la piel del hombre. Cálido. Poderoso. El viento acarició el cuerpo dormido, penetrando la piel, infiltrándose en los músculos y los huesos, despertando cada célula creada para una vida inmortal.

Y el cuerpo vivió.

Y Dios le amó.

Pero los hijos de los hombres desconfiaron de Su Creador y conocieron el mal. Y Dios Creador ya no pudo habitar entre ellos. 

Y separados del que los creó, empezaron a sentirse inseguros. Y lucharon entre ellos. Y sus cuerpos enfermaron. Y la maldad reinó sobre la tierra. Y los hijos de los hombres empezaron a morir.

Y subsistieron, así, durante miles de años.

Mas cuando llegó el momento, Dios se hizo Hombre y habitó entre ellos, con la intención de reunir de una vez y para siempre al Creador con Sus criaturas. Porque los hijos de los hombres sufrían. Y el Creador sufría.

Porque no estaban hechos para estar separados. 

Y el Hijo de Dios tomó el lugar de castigo que correspondía a los hijos de los hombres con la intención de derrotar a La Muerte que los maldecía... y en un terrible sacrificio, se dejó matar.

Pero la muerte no pudo retenerle, y con esa derrota perdió su poder para siempre. Y cuando la maldición perdió el poder,  el muro inquebrantable que separaba a Dios de Sus criaturas fue derribado. Y los hijos de los hombres hallaron al fin un camino que les llevaba  de vuelta al Creador. Y hallaron vida.

El Hijo de Dios regresó con Dios Creador, pero los hijos de los hombres no se quedaron solos, porque por segunda vez, Dios Creador les ofreció su regalo.

Su Aliento.

Dios Espíritu.

Viento.

Y así, Dios y los hombres vuelven a caminar juntos. Porque Dios Espíritu ahora habita en los corazones de los hombres

A veces una suave brisa, a veces una formidable ventisca, el viento siempre sopla.

Y el viento trae vida.

Y el viento se lleva los tormentos que trajo consigo la separación. Las consecuencias de la maldición que habían aplastado los corazones y lastimado los cuerpos de los hombres durante tanto tiempo son eliminadas. Los hijos de los hombres, con gratitud y asombro, descubren que mientras el viento sopla, la inseguridad, el miedo, la enfermedad, la soledad, la debilidad, el horror y todo el sufrimiento que tuvieron que soportar se desvanecen. Y queda Dios en nosotros.

Dios y nosotros.
Restaurados.

Sí... el viento sopla.

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